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La ciudad es la metáfora por excelencia de la contemporaneidad. Lo que signa la modernidad es la vida en las ciudades. El hombre (civilizado) no se entiende sin la ciudad. Envoltorio y sueño. Celofán del progreso y féretro. Civis y muladar. La ciudad es un artefacto que nos habita, que nos construye. Viven las ciudades en nosotros mal que nos pese o descreamos o huyamos. Ciudades que no son ni de los urbanistas, ni de los arquitectos, ni de los políticos, “ni de Dios ni de nadie” en los versos de García Calvo. Es la ciudad moderna el decorado de lo real, la apariencia de lo real sublimado como territorio, el trazo de un trayecto histórico muy corto en el amplio arco de tiempo que constituye la historia del mundo; sin embargo identificamos ciudad y mundo, ciudad e historia, ciudad y hombre, civis y razón, polis y progreso.
La obra de Roberto Infantes en esta primera exposición en solitario parece como si situara sobre ese estado de cosas, sobre esa acumulación de acumulaciones que son nuestros modernos entornos urbanos para establecer una malla de nuevas reverberaciones semánticas. Como si al fenómeno de la ciudad edificada le empezaran a brotar argumentaciones poscontructivistas, incertidumbres en su cartografía real, grietas abisales que anunciaran un nuevo estatus de esa realidad nutricia que nos habita.
R. Infantes parte de bellas perspectivas de ciudades, de estéticos encuadres metropolitanos, de perfectas simetrías en blanco y negro, de reconocibles ángulos urbanos, en suma de testimonios de una arquitectura canónica conformada por verticales y horizontales, por líneas de fuga y geometrías de lo visible. Y a partir de ahí busca una trama interna y a la vez externa de lo real. Una suerte de trama de contradicciones que estarían, por un lado, en el concepto cromático con todo su poder —pero con un extraño y sutil buen gusto en su aplicación al soporte— frente a la negación fotográfica del color, y por otro en la recostura que se opera entre lo fotográfico y lo pintado; que a su vez retuerce un tanto lo visual al incorporar en algún caso la pintura incluso sobre la transparencia del cristal, lo que nos llevaría, casi insospechadamente, a reconocer en mi opinión una experiencia de orden más netamente conceptual.
Hasta el 12 de diciembre de 2009. Galería Fúcares. Madrid
Información e imágenes cortesía de Galería Fúcares