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Pintor, Escultor, muralista, poeta y escritor, promotor artístico, músico y actor por momentos, director de su propio museo. Kippenberger fue para muchos un personaje multidisciplinar que saltaba de una palo a otro sin apenas profundización y escasa intensidad en sus variadas actividades. Lo que sí es incuestionable es que en sus apenas 34 años de vida, estuvo presente en grandes acontecimientos culturales y no son pocos los museos y conocidas galerías que tuvieron el atrevimiento visionario de mostrar sus trabajos.
Muchos le han catalogado con uno de los artistas europeos más prodigiosos en la época que transcurre entre los 80 hasta el final de sus días. Su recuerdo queda situado en el mismo ámbito que los grades artistas románticos e incomprendidos de siglos antes. Su imagen póstuma encaja a la perfección en el canon de artista romántico que constantemente rozaba la bohemia. Su repentina muerte le sitúa en una posición de trágico héroe incomprendido, que con el paso del tiempo va subiendo su cotización y el interés que despierta.
Koppenberger milito activamente en la filosofía de una existencia rápida y sin tregua. Sus dientes actividades iban pasando por campos contrarios casi sin darse cuenta. Tachado como un descarado exhibicionista que buscaba una promoción constante, poca gente duda hoy en día de su talento en el mundo de la pintura.
Sus creaciones reflejan de forma simple pero compleja en su contexto, situaciones cotidianas del mundo que le rodea. Mezcla magistralmente la profundidad con un agudo sentido del humos, alabado por quienes le conocieron.
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